Llevo un montón de tiempo echando en falta una normativa, una circular, algo proveniente del máximo organismo del fútbol europeo (o mundial) referente al asunto tan debatido últimamente de si se debe echar o no la pelota fuera cuando un rival se cae (o se tira) al suelo estando lesionado o fingiendo que lo está.
Insistí mucho en esto hace pocos días porque por esta pamplina nos colaron el segundo gol en Londres frente al Arsenal.
Mi opinión creo que ya la he expresado donde he podido y cada vez que he tenido oportunidad: ningún jugador debe echar el balón fuera y, en todo caso, debe ser el árbitro el que tenga la responsabilidad de parar el partido porque considere que un futbolista necesita ser atendido.
Ya está bien de teatro, de contragolpes abortados por el cuento chino de algunos (sean rivales o sean sevillistas), de patéticas pérdidas de tiempo. Vamos a jugar al fútbol y a echarle menos cuento al asunto.
En este sentido, la UEFA ya ha hecho pública su opinión: tiene que ser el árbitro el que detenga el juego (nunca los jugadores) y si un equipo echa el balón fuera no debe esperar que la pelota le sea devuelta.
Cuatro meses y nueve días después se levanta el telón de nuevo en Nervión para que el escenario del fútbol sea ocupado por las dos escuadras que pelearon hasta el final para conseguir aquella Copa de la Uefa que Andrés Palop y sus compañeros se trajeron de la tierra de Wallace para adornar nuestras vitrinas.
Cuatro meses después, son varias las cosas que tenemos y que no teníamos cuando en aquel 16 de mayo saltaron los equipos a la hierba mojada del Estadio Nacional de Escocia.
Tenemos aquella Copa de la Uefa cuyo dueño se decidía en aquel partido, tenemos nuestra cuarta Copa del Rey, y nuestra primera Supercopa de España. Tenemos también nuestro sitio entre los 32 mejores equipos del panorama futbolístico europeo, en la fase de grupos de la Liga de Campeones.
De lo que teníamos entonces y no tenemos ya, de eso no hablaré porque las heridas del alma aún sangran sin remedio.
Llega el subcampeón de la Copa de la Uefa sumido en un oceáno de dudas, dudas propiciadas por dos “espantás” incomprensibles (dicen ellos mismos) en su dos últimas salidas. Llegan con necesidad imperiosa (en la quinta jornada) de vencer para no empezar a verle las orejas al lobo. Llegan con un Valverde que se piensa mucho muchas cosas antes de construir el once inicial que disponer en el Sánchez-Pizjuán.
Y luego, nosotros. Nosotros, tras dos derrotas en los fortines de dos de los equipos más poderosos (económica y futbolísticamente) del momento en el continente europeo. Nosotros, con cierto malestar no por perder, sino por cómo se perdió, más en el Nou Camp que en el Emirates Stadium.
Nosotros, el Sevillismo, con determinados becarios recién llegados tratando de dinamitar todo lo que se mueva en el seno del más grande club de Andalucía, gente anclada en la amargura vaya usted a saber por qué motivos que no tiene otro objetivo que extenderla por los órganos vitales de un club, de una institución que, a pesar de todo, se sabe fuerte.
Y enfrente , el Español. Qué curiosa es la vida. El mismo equipo que propició hace casi dos años la salida de sus ratoneras de determinados pandilleros conjurados para intentar hacer añicos aquel inmenso, grandísimo Sevilla FC que recién nacía.
El tiempo, tan sabio, terminó hundiéndolos en el último rincón de sus sucias madrigueras a base de bofetadas en forma de fútbol, de goles y de títulos.
No obstante, ellos siguen ahí, hartos ya de revolcarse en su propia inmundicia y deseando sacar el hocico, humillados y ridiculizados hasta extremos insospechados por sus propios actos.
Un partido más. Otros tres puntos en juego. Formas, maneras, que, independientemente de los resultados, hay que ir desterrando a la voz de ya.
Una noche más para ir a Nervión con la tranquilidad de conciencia que a uno le otorga el saber que, por encima de todas las cosas, lo único importante, es, ha sido y será siempre el amor a ese club que lleva más de cien años paseando por el mundo el nombre de nuestra ciudad.
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