La grandeza del Sevilla, según Félix Machuca
Lunes, Noviembre 26th, 2007El pasado viernes la Tertulia Sevillista “José Ramón Cisneros Palacios” hizo entrega de sus premios anuales.
Los sevillistas galardonados fueron varios, en los distintos apartados.
El premio al “Periodista ejemplar” del año 2007 recayó en la persona, en el Sevillismo, de mi amigo Félix Machuca.
Félix, y en este blog se han recogido algunos de sus memorables artículos, es uno de esos Sevillistas que posee y pregona, mamó y profesa un concepto del Sevillismo muy cercano al mío.
¿Cuántos conceptos, cuántas formas de entender el Sevillismo hay en esta vida?
Muchos, muchas.
Pero, ya digo, el Sevillismo de Félix Machuca y el mío van muy de la mano.
Este que os dejo es el discurso con el que Félix puso en pie al respetable al recoger su más que merecido galardón la noche del pasado viernes, cuando la Tertulia “José Ramón Cisneros Palacios” se vestía de gala para premiar a los suyos.
Merece la pena leerlo.
Sobre todo en estos días de dudas y de cierta zozobra.
Cunado terminen la lectura de tan excelso texto, si lo estiman oportuno, no dejen de ponerse en pie y de tocarle las palmas a Félix J. Machuca.
LA GRANDEZA DEL SEVILLA.
La anécdota es conocida. Y la protagonizó ese excelente pequeño gran actor italoamericano llamado Dani de Vito. Paseaba en taxi por Madrid y los ojos del actor se agrandaban por momentos. La capital de España estaba llena de calicatas, zanjas, boquetes y algún que otro cráter sobre el asfalto de tal manera que su visión resultaba, explícitamente, estremecedora. Aseguran que, conmovido por tan brutal nivel de movimiento de tierra, de Vito le dijo al taxista:
-El día que encontréis el tesoro Madrid será la capital más bonita del mundo…
Nosotros, los sevillistas, la cal pura de esta ciudad que también coquetea con el verde clorofila, nos hemos llevado más de cincuenta años buscando nuestro tesoro particular. Eso no lo sabe De Vito. Pero yo se lo digo. O se lo cuenta mi padre, que en gloria esté. O mi abuelo, que no es que esté en la gloria. Sino que creo que tiene más trienios celestiales que el primer portero del Vaticano. O cualquiera de nosotros. Cualquiera de los que estamos aquí podemos decirle a Dani de Vito lo trabajoso, duro y a veces, amargo, que nos ha sido encontrar el tesoro. Y que cuando lo encontramos fue como encontrarnos a nosotros mismos. En aquel tesoro iba el mapa de nuestra identidad. Más aún: el itinerario de nuestra felicidad. Los sevillistas no sabemos lo afortunado que somos. Porque nadie, tan sólo los escogidos, tienen la fórmula para ser felices. Y el mapa en eso no mentía. Venía escrito con las letras de nuestras lenguas antiguas. Para que lo entendiéramos todos. El arcano decía: “y por eso hoy vengo a verte, sevillista seré hasta la muerte…”
Les decía, hermanos, que al final encontramos el tesoro. Cinco cofres, como cinco amaneceres. Cinco benditos cofres repletos de copas plateadas y coronas de laureles para que a la paella de la celebración no le faltara de ná. Cinco cofres como en su vida no pudo soñar John Silver. Cinco cofres en menos de dos años que nos han devuelto el derecho a soñar y a vivir intensamente. Cinco cofres que estaban enterrados en el desierto de nuestra existencia. Los sevillistas sabemos de desierto más que un congreso de beduinos. ¿A nosotros nos van a hablar de desiertos? ¿A un sevillista le van a preguntar lo que es el Sáhara? Eso es lo mismo que preguntarle a la niña del Exorcista:
-Niña, ¿tú te hablas con el demonio?
A mi padre le oí hablar del vergel futbolístico de Arza, Pepillo, Raimundo y Campanal. Pero solo puede hacer eso: oírlo. Con veneración de adepto y de hijo. Sin embargo me llevé toda una vida, tan desgarrada como un bolero, esperando ver a otros arzas, pepillos, raimundo y campanal que nos devolvieran al oasis del triunfo que nuestros padres habían disfrutado. Nada. Cero cartón. Honor y cenizas.
Mucho honor. Y de cenizas más que el suelo de la sala de espera de un paritorio. Desierto y más desierto. Tragué tanta arena como el mariscal Rommel. Y tanto polvo como el que dicen que entró el otro día en el AVE que la ministra de Fomento ponía a prueba hasta Valladolid.
Sí, amigos, hemos tragado demasiado desierto hasta llegar al sueño. Y el sueño venía en el tesoro que ganó el sevillismo después de tantos años de espera, fe y convicción. En tantos años de estar a las duras. En tantos años siendo fiel al corazón blanco y rojo del Pizjuán.
Leales.
Hemos escrito una de las páginas más hermosas sobre la lealtad que el deporte haya podido imaginar. Cuando el sueño se hizo realidad vimos cosas nuevas en una ciudad que no experimentaba emociones tan intensas en la calle desde que los galeones de América hacían repicar las campanas de la Giralda para saludar el oro y la caoba americana que llegaban a nuestro puerto. Vimos entonces el sueño de un barco por el río repleto de héroes, un balcón prometiendo que lo mejor está por llegar y una multitud de gentes con banderas centenarias y lágrimas de orgullo en los ojos celebrando la suerte de ser y sentirse sevillistas. El desierto ya era historia. Ahora, de arena, la justita y para la playa. ¿Vale?
Si Madrid se convertiría en la ciudad más bonita del mundo cuando le taparan tantos agujeros, según de Vito, yo les aseguro que no he visto a Sevilla más hermosa que en estos dos últimos años donde nos convertimos en la fábrica de la felicidad. En la fábrica de los sueños como diría mi amigo Jesús Alvarado. Y fuimos felices con nuestros logros, metas y sanas ambiciones. Sin tener que acordarnos de nada ni de nadie. Ni de asandías de Los Palacios ni de lo acolasá que está la Palmera. Fuimos inmensamente felices pensando en blanco.
Pero no sé, hermanos, si a vosotros os pasaba lo mismo. A mi tanta felicidad me daba miedo. Me acojonaba. Me sentía abrumado por la miel del momento y el vino de rosas que escanciaba la viña de Nervión. ¿Es justo ser tan feliz?, me preguntaba saltando de triunfo en triunfo. Luego, tras la cortina del tiempo, entreví las sombras y las lágrimas.
Cuando el verano aún apretaba, una Puerta divina se nos cerró para siempre. Y aquel portazo inesperado, brutal y seco nos derrotó, nos bajó del caballo para que, con el pie en tierra, supiéramos que las glorias del mundo son pasajeras y tan fugaces como un abrir y cerrar de ojos. Velas, flores, frases, fotos…Y el cielo. Todos mirando al cielo para ver si por su lateral se aparecía aquel diamante de Nervión para demostrarle al mundo que él jugaba al fútbol como andan los costaleros de San Gonzalo: con la izquierda por delante. Y fue el llanto y el dolor de un navajazo por sorpresa el que nos tumbó por un tiempo. Y cuando recogimos fuerzas con la boca por el suelo, el vecino de don Quijote, dice que se va a Londres, no a abortar nada, sino a parir un equipo con mucho dinero. Joé con el verano. Menos mal que Chanquete hacia ya varios años que se había muerto. De lo contrario era para cortarse las venas…
Pero no nos cortamos las venas, sino que nos la hemos dejado largas. Tan largas como la sangre roja que nuestra pasión nos exige para atender las emociones de un corazón que es un escudo. Y fue entonces cuando comprendimos que no somos grandes por haber encontrado el tesoro que el desierto nos negó durante tantos años. Sino que somos grandes, muy grandes, porque decidimos, aún sintiendo el pellizco en el alma, dejar de llorar. Y que ya era tiempo de levantarnos. Ahí, en esa casta, en ese orgullo, en esa fe en nuestras cosas, fue donde el Sevilla y el sevillismo acabaron ganando el título más grande conseguido hasta la fecha. El titulo de querer seguir viviendo y luchando. Pese al dolor. Hasta superarlo para volver a reír con más ganas que nunca. Buscando ser fieles a nosotros mismos y a ese mapa de la felicidad que venía en el cofre del tesoro. Tras ese parapeto no hay agosto negro que pueda con nosotros.
Me ha tocado hablar en nombre de otros hermanos sevillistas. Y lo hago, creo, que ayudándome de lo que mejor puede unirnos: la emoción y la pasión.
Por eso, Pablo Blanco y Andrés Palop, os felicito porque todos os consideramos futbolistas ejemplares y ejemplares personas; por eso, Joaquín Medina García de la Vega y Manuel Vizcaíno Vizcaíno, me llena de orgullo vuestro nombramiento como sevillistas ejemplares; por eso, Antonio Puerta del Cielo, aplaudo esta placa a tu memoria con la misma fuerza o más que aplaudí aquella noche de Feria que nos llevaste directamente a la UEFA; por eso, Pastora Soler, yo que no canto ni bingo, soy capaz de arrancarme por bulerías para engloriar esa placa que tan merecida tienes; por eso, César Cadaval, Moranco de mis trancas, soy un océano de alegría celebrando tu placa, que eres tan blanco, tan blanco, que yo sé muy bien lo malamente que lo pasas al sol y lo rico que has puesto al tío de la Nivea; y por eso, Carlos Cano, esta noche se va contigo en la dedicatoria de esa placa, que te reconoce y distingue entre todo el sevillismo. Felicidades a todos. Somos grandes, amigos, hermanos. Somos muy grandes. Y nos queda aún por saltar de alegría más que a Gasols y Garbajosa en un concurso de mates.
No os invito, al final de estas palabras, a la obviedad de gritar ¡Viva el Sevilla.!
Pero si quiero que os digáis para vuestros adentros “vivo el Sevilla”. Muchas veces. Hasta que se enteren los que, con tanto gusto, se ilusionan en darnos por liquidados tras las rebajas de agosto.
Vivo el Sevilla. Vivo el Sevilla. Vivo el Sevilla. Per secula, seculorum…
Gracias.


